Aprender, esa gran aventura (1)

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«axial-montage» by mudfud is licensed under CC BY-NC-ND 2.0 

A veces en Twitter te encuentras hilos que te remueven viejas sensaciones, luego discutes a cara perro con otros docentes o discentes para llegar a conclusiones jugosas. Antes de irme a subir montes a Pirineos andaba yo con los hilos de Héctor Ruiz Martín, así que para conocer las circunstancias pinchen AQUÍ, vayan, lean los hilos por orden y vuelvan.

¿Cómo empecé a aprender? Con 3 añitos o así me aprendí un cuento de memoria mientras me lo leía mi aitite Miguel, de hecho aún me acuerdo de todo el texto:

El indio wachuki

pequeño chikaua

del árbol más alto

hizo su piragua.

El arco y las flechas

allí colocó

y en el río Grande

el niño embarcó.

Mi aitite presumía de un diminuto nieto (siempre he sido un enano), que había aprendido a leer por sí mismo, y en la fragua del pueblo donde veraneábamos los otros abueletes flipaban cuando veían al moco recitar y pasar hojas en su orden correcto. Por cierto, no aprendí a leer hasta los 5 años, ni siquiera hice dos años de parvulitos como el resto de mi generación, entré en la escuela, hice un año con la señorita Mari, amiga de mi aitite, por cierto, y aprendí a leer en pocos meses, luego ya fue un no parar. Desde muy pequeño me gustaba sacar las mejores notas, competía conmigo mismo, no con mis compañeros, así que leía y leía, pedía enciclopedias, devoraba el periódico, me gustaba saber de todo y demostrarlo escupiendo datos como un «niño repelente». A los mejores expedientes de 1º de Primaria nos pasaron a 3º directamente alegando problemas de sitio, luego en 5º llegó la EGB y nos retuvieron un año para volver a conectar «con la gente de la misma edad», merde, después de haber sacado unas notas excelentes. Ese año nos cambiaron el libro de lectura y aún recuerdo poesías enteras, párrafos de pe a pa, de aquel libro azul de Lecturas recomendadas, que si «el conde Olinos», que si «Era Juaquinillo tan feo…», que si «Amenábar, Amenabar, moro de la morería…». Recuerdo que por entonces tenía una especie de memoria eidética, vamos, que se me quedaba todo lo que leía, escuchaba o veía, es más, aún vivo de las rentas y me acuerdo de anuncios de la tele de finales de los 60 y principios de los 70, o imágenes detalladas de los libros de ciencia ficción que tragaba.

Más tarde llegaron años duros, en 6º, 7º y 8º de EGB la cosa se complicó, me hicieron pruebas de inteligencia, le sugirieron a mi familia que me sacaran de la escuela y me metieran en Jesuitas para aprovechar mi talento (?), pero no había ni dinero, ni ganas, yo quería seguir en la que había sido mi escuela, la de mi aita, la de mi aitite y la que empezaba a ser de mi hermana. En esos tres años se multiplicaron las materias, había que estudiar y aprender muchas cosas, conjugaciones, operaciones matemáticas, biografías de músicos, historia, ortografía, sintaxis, otro idioma, cívica (un FEN descafeinado), química, física, demasiadas cosas. Para cada asignatura tenías una «estrategia de aprendizaje», estudiada, inspirada u obligada por las circunstancias, así que, vayamos por partes:

  • Para aprender matemáticas había que hacer una y otra vez fichas y más fichas, ejercicios, porcentajes, reglas de tres, fórmulas de geometría, había que manchar muchas hojas y agotar mucho boli. Yo usaba blocs viejos que pillaba en la basura y la parte de atrás de los panfletos publicitarios que llegaban a los buzones.
  • Para aprender idiomas había que memorizar estructuras (ya he escrito la palabra maldita), ortografía, léxico, sintaxis, y reescribir muchas oraciones con los recursos que daban en mi caso el castellano y el francés.
  • Para aprender música o historia había que memorizar y memorizar, inventarte películas, reglas nemotécnicas de tu propia cosecha o copiadas de tus mayores, recitar listas de reyes y sus consortes, de batallas, de sinfonías, un sindiós. En 7º y en 8º el profe de historia, un franquista redomado, no nos daba clase, todos los días teníamos examen que corregíamos entre nosotros bajo la amenaza de supervisión si éramos generosos en la puntuación.
  • Para aprender biología, física o química había que memorizar conceptos y/o fórmulas nuevas, entender la lógica de esas ecuaciones y aplicarlas a los ejercicios. ¿Estrategias? Mucha repetición, muchas formas de organización diferentes como reescribir tablas, «fotografiar» ecuaciones en la cabeza, aplicar la lógica en las valencias, inventarse nombres graciosos para conceptos nuevos.
  • Para todo el resto de asignaturas los sistemas variaban, trabajo en Pretecnología, inspiración en Plástica, «memorización basuril» para Cívica, esto es, aprender leyes del movimiento nacional y mierdas de esas para olvidarlas cuanto antes.

Pues bien, casi nunca nos enseñaron cómo se estudiaba, cómo se aprendía, lo hacíamos con una suerte de try&error, a ver qué salía, si algo funcionaba en una asignatura, en otra parecida pues igual también iba. Y así salimos de la escuela al instituto con una capacidad memorística que hoy envidio, una estrategia para cada materia, una capacidad de adaptación a cada docente según qué le molaba en cada momento y poco más. O sea, lo mismo que pasa ahora sólo que dos años antes.

Después llegaron el insti y la universidad, toneladas de información, estrategias diferentes, control del tiempo, manías de cada docente, horas y horas de chapa sin nada audiovisual que llevarse al ojo. Mientras, en casa, leíamos y tragábamos televisión, poca y poco variada, pero era lo que había. Siempre que teníamos algo de dinero el cine nos enseñó otros conceptos que no se aprendían ni en la escuela ni en la familia, fantasías, vidas vividas por los otros, los que tenían posibles. Aprendimos frases enteras que podían servir para ligar, para vender y hasta para quedar bien en un examen. Soñábamos con un mundo de coches voladores, o un planeta apocalíptico reventado por una guerra nuclear. Aprendimos palabras en inglés de canciones o películas, algunas irreproducibles como el «Acachú de moltiplayer» de Grease, memorizábamos preguntas del Trivial para epatar a las amistades, alineaciones de equipos, datos biográficos de gente desconocida o conocida, aprendimos a discutir en cuadrilla, a respetar el turno de palabra, a no aplicar la máxima «del que más chifle, capador». Sobre esto ya escribí algo AQUÍ.

Últimamente estoy leyendo mucho sobre ese concepto tan redondo del «aprendizaje significativo», sobre lo que empezaba este post, esto es, cómo evocar lo que se aprende sobre lo ya aprendido. Por cierto, ahora que me acuerdo, el concepto de «desaprender» también tuvo otro post incendiario AQUÍ, así que llueve sobre mojado. Bueno, seguimos. Más importante que el qué se aprende parece que actualmente es el cómo se aprende, y ahí hay una pelea nada encubierta entre docentes, pedagogos/as, psicólogos/as, que si te atizo con la evidencia científica, que si todo lo de Héctor es «perpectiva psicologicista» (@nolo14 dixit), que si no tenéis ni idea, que yo llevo 40 años enseñando y a mí ahora no me vais a vender ninguna moto gripada.

Vamos a ir cargando el trabuco, primero lean este POST. Muy bien, ahora vamos a hablar de la forma de aprender que nos marcará la forma de enseñar, de eso tan lógico de «enséñame cómo evalúas y sabré cómo das clase». Todos los días lectivos tengo delante una veintena de adolescentes hormonados que van al insti a sacarse un título, a estudiar y a aprender, y casi necesariamente en ese orden. Parte de mi alumnado trae unas inercias de la escuela, una forma de organizarse, sus 5º y 6º de primaria han sido una especie de preparación para lo que se les viene encima en la nueva etapa, así que ya saben manejar libros, agendas y ordenadores, suelen dispersarse con facilidad y concentrarse con dificultad, nada nuevo bajo el sol. ¿Quieren aprender? Ni se lo preguntamos.

Cada persona trae su mochila, su sistema de adquirir conocimientos y demostrarlos en trabajos, exámenes, ejercicios o exposiciones, porque no sólo es importante «saber», sino «demostrar que se sabe», y no vengamos ahora con la fobia a los exámenes porque ahí afuera es lo que nos piden: selectividad, conducir, idiomas, accesos, títulos… De pequeños aprendemos repitiendo, o mejor, errando y repitiendo. Las tablas de multiplicar, las letras, las sílabas, el vocabulario, las oraciones, los dibujos, las canciones, todos son ejemplos de esa estrategia, la información nos llega por los ojos o los oídos, la procesamos, la hacemos nuestra y lo nuevo lo depositamos sobre lo viejo, relacionamos conceptos y generamos conexiones, lo hemos hecho así desde nuestro pasado más remoto como especie. La tabla de multiplicar la aprendimos cantando, pero es que mi alumnado de 4º de ESO aprende la mitosis igual, con una canción de Shakira, y en la carrera pudimos aprender las rutas metabólicas con el mismo sistema, hasta había un cancionero dedicado. En la escuela aprendimos historia memorizando datos, uno tras otro, creando similitudes entre los tiempos y las personas. Pasábamos horas delante de mamotretos escritos, recitábamos por los pasillos, repasábamos cinco minutos antes del examen. Y olvidábamos.

Sí, olvidábamos, eso que va contra lo que apuntaba arriba del «aprendizaje significativo». Mi aitite solía decir que nos olvidamos cosas para hacer sitio en la «cocorota», pero los grandes gurús de la pedagogía nos dirían que es porque lo aprendimos mal. Repasando cómo me aprendí los grupos de bacterias durante la carrera, me hace gracia el sistema, elaboré una tira enorme de más de 14 metros con papel de impresora, de ese microperforado y usado por el otro lado porque lo había pillado en la basura. 14 metros que estiraba por el pasillo de casa y mis ojos volaban de esquema en esquema para estudiar todas las características de cada grupo. ¿Me acuerdo de algo de aquel galimatías de Gram + y Gram -? Pues no. Es más, ¿es útil que me acordase? Pues depende.

Seguiré en otro post que éste se está haciendo largo, pero quiero recordar un fracaso, mi primer penco en matemáticas en mi historia estudiantil. Ocurrió en la primera evaluación de matemáticas de COU y la culpa la tuvieron las matrices y los determinantes, bueno, la culpa estaba repartida: mi forma de estudiar, la forma de explicar de mi profe, el p*to libro de Cenlit y la inercia de otros cursos. Siempre me ha gustado estudiar y he utilizado algo que venía de serie con mi cerebro, una memoria brillante de la que ya he hablado, pero con las matemáticas eso no solía funcionar demasiado bien. Durante el BUP seguía usando el instrumento, un poco de trabajo de enguarrindongar hojas con ejercicios y listo, hasta las integrales y los límites eran fáciles si usabas las fórmulas y la «idea feliz», ese concepto que no se explica, que se adquiere. Pues bien, las matrices y los determinantes se me atascaron, no entendía para qué leches servían (la informática estaba lejos aún), y practiqué poco. Me hubieran venido bien unos apuntes como ESTOS, pero mi libro no explicaba ni medio bien cómo se hacían los cálculos, así que fracaso total, suspendí y mi dignidad se vio dañada. Aquel Mikel de 17 años tuvo que replantearse estrategias para la recuperación, y no hay nada como preguntar al que sabe, o sea, a la gente que tenía por costumbre sacarlo todo en las recuperaciones. La fórmula era sencilla, que te lo explique alguien que no sea Txema, el profe, repetir los ejercicios sin mirar las soluciones y preguntar todas las dudas. Recuperé con notaza, aprendí una estrategia nueva, y olvidé. Hoy no sé hacer matrices ni determinantes, mi orgullo creo que tiene algo que ver.

Matriz_4x4_Det_19_Febrero

«Matriz_4x4_Det_19_Febrero» by malo2710 is licensed under CC BY-NC-SA 2.0 

Continuará.

Mikel

Mikel

Antimilitarista, bilbaino, irakaslea, geek, microbiólogo, euskaldun y procrastinador. Bastante ácrata e idealista. Naturazalea eta mendizalea.

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