Aprender, esa gran aventura (II)

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El primer post quedó pelín largo así que he decidido hacer pequeñas píldoras sobre uno de los temas que me apasionan, el aprendizaje. No me acuerdo cómo aprendí a hablar o a andar, pero sé que fui muy prematuro en ambas actividades. Supongo que el proceso fue igual en todos los infantes: escucha, repetición, más escucha y más repetición. Seguro que al principio se me trabucarían los verbos irregulares, pero a los pocos meses ya hablaba como una cotorra y eso ha ido a peor. Antes de entrar en harina con mis primeros aprendizajes, quiero que escuchen este podcast de mi admirado Xurxo Mariño, que además tiene un anzuelo adecuado: «Para tener memoria debemos tener lenguaje«. Sí, es un capricho del autor del blog, pero vayan y vuelvan.

Al entrar en parvulitos tenía que recuperar el año que no había estado con la gente de mi edad, su «primero de parvulitos», así que el primer día de escuela me quejé a mi aitite que era el que me fue a buscar: «No quiero volver, sólo enseñan a cantar y a rezar, y eso es inútil«. Luego ya me pilló la señorita Mari por banda y en unos meses leía, hacía cuentas y era un repelente «niño Vicente«, por si no lo era ya antes. ¿Cómo aprendía a leer? Pues como todo el mundo en aquella época, método silábico o así, vamos, eso de «la eme con la a, ma«, de ahí pasar a «mi mamá me mima«, a leerlo y a escribirlo, y luego ya, pues eso, ancha es Castilla. Pero este post se lo quería dedicar a algo que marcó mi infancia y mi adolescencia, a un juego que aprendí con 6 años y unas minipiezas de los Juegos Geyper.

Pues sí, el ajedrez me apasionó desde muy pequeño y quiero ponerlo como ejemplo de aprendizaje. Mi aita venía del curro a comer a eso de las 12:40, yo había llegado una media hora antes, comíamos y luego, antes de marcharse otra vez a trabajar a la tarde (trabajaba también los sábados), tenía un ratito que dedicaba a leer el periódico. Estando yo en 1º de Primaria, un mediodía le cambié su costumbre y le dije que me enseñara a jugar a eso de las piecitas. Con santa paciencia me mostró cómo se colocaban y cómo se movían, que si los peones en la salida podían avanzar una sola casilla o el doble (desorganizados estos peones), que comían en diagonal (lo dicho, un caos), que si el Rey se movía poquito y para todos los sitios y la Dama mucho más (no había MeToo entonces), la Torre en horizontal (ves, eso va bien), el Alfil en diagonal y por el color de la casilla de salida (mekauen, esto se complica) y el Caballo era el único que podía saltar piezas y hacía como una «ele» para delante y para atrás, un sindiós. Bueno, aquella sesión dio para lo que dio, movimientos, dinámica de juego y poco más, ni aperturas, ni comer al paso, ni enroques. Debió ser muy motivante para mí porque me acuerdo hasta del sitio donde recibí esa primera lección, y de cómo me fui a clase a la tarde con la sensación interna esa de «este juego está hecho para mí». Vale, digamos que había «aprendido» a colocar las piezas y a moverlas, a respetar los turnos, pero, ¿de verdad había aprendido a jugar al ajedrez? Pues va a ser que no.

Tuve que echar muchas partidas con mi aita, me enseñó mates rápidos, el famoso pastor entre ellos, me dio nociones de cómo hacer una apertura, de cómo ocupar el espacio, de jamás arrinconar a mi Rey, de no intentar comer demasiadas piezas y de pensar más allá del siguiente movimiento. Yo era muy pequeño y con 6-7 añitos mi ELO supongo que era casi negativa, me esforzaba en durar cada vez más antes de sucumbir a la derrota, en poner en practica las cinco normas que he mencionado arriba, hasta que un día le gané a mi aita (igual se dejó). Me acuerdo que aquello fue un punto de inflexión, tuve un rato de euforia y nada más, creo que consideré que había quemado una etapa y de hecho dejé el ajedrez bastante tiempo, hasta que algunos de mis amigos aprendieron y lo retomé. Sí, luego estuve en el equipo de la escuela, era el 4º tablero de 7, o sea, había 3 mejores que yo, ganamos algunas medallas, pero eso es otra historia y la contaré en otro momento. Vamos al turrón, al aprendizaje.

Aprender a jugar al ajedrez es un proceso donde se ven implicados muchos mecanismos de esos que les pirran a la gente de pedagogía, a saber:

  • Memoria para las aperturas y los finales de partida
  • Motivación
  • Estrategia y planificación
  • Confianza en uno mismo y en sus posibilidades aunque las cosas se pongan muy difíciles
  • Curiosidad para aprender nuevas celadas, nuevas combinaciones
  • Superación, tanto la que suponga la victoria como la derrota
  • Fijación, o sea, que cada día seas mejor a tenor de lo aprendido y no vayas hacia atrás en tu evolución
  • Buena comunicación, empezar la partida y acabarla con un apretón de manos. Y otra cosa, lo que ha pasado en el tablero se queda en el tablero

Vale, todo muy bonito, ahora hay que pensar en cómo casamos todo esto con nuestros curricula salvajes. Le podemos poner el disfraz pedagógico que queramos, pero no es lo mismo aprender algo que te gusta que algo que te imponen, y que hoy es una ecuación del demonio, mañana es una conjugación, al otro es vocabulario, o a la siguiente hora es meterte en la cabeza lo capullo que era Fernando VII (AQUÍ Concostrina lo borda).

Aprendí a jugar al ajedrez usando mi memoria, mi capacidad de inferir los siguientes movimientos y práctica, mucha práctica. Cuando retomé el ajedrez unos años después, concidí con las partidas de aquel duelo épico de 1972 entre Spassky y Fischer. Se publicaban en el periódico todavía con aquella notación de «peón cuatro rey, caballo tres alfil rey» y yo las repetía en mi tablero que había mejorado mucho desde aquel de Geyper. Intentaba entender la estrategia, las razones de perder una pieza para ganar una posición, no desaprendía para aprender mejor, ni pa’dios, aprendía sobre lo ya sabido y de nuevo tiraba de mis compañeros poderosos: memoria, análisis y planificación. Sin morondangas de inteligencias múltiples, ni neuromoñadas, a pinrel, así aprendíamos y hoy todavía es el día que de vez en cuando echo una partidita. En el insti he dado un taller de ajedrez y mis ocho alumnos y alumnas creo que han disfrutado: cuatro reglas, memoria, algo de estrategia, planificación y a triunfar. Eso sí, obligatorio darse la mano antes y después de la partida.

¿Cómo aprendemos? Pues en el próximo post le va a tocar a la poesía. Es curioso, he perdido el gusto por ella, ahora me parece prosa para tartajas, pero de niño me gustaba recitar y me aprendía las más largas con más gusto. ¡Ay, la edad!

PS: «Buenos días, doctor Falken… ¿Le apetece jugar una partida de ajedrez?» Pues AQUÍ o AQUÍ

 

Mikel

Mikel

Antimilitarista, bilbaino, irakaslea, geek, microbiólogo, euskaldun y procrastinador. Bastante ácrata e idealista. Naturazalea eta mendizalea.

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