«Así es como se acaba el mundo, …

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…no con una explosión sino con un gemido». T. S. Elliot. No debo estar muy despejado porque al pensar en el tema de hoy es la frase que me ha venido a la cabeza. En el post anterior no nombre a la bicha, la EVALUACIÓN, aunque la dejé dibujada con una brocha muy gorda. Dije que iba a volver en cuatro días y han pasado dos meses, la inspiración a veces es una novia huidiza y te deja empantanado, o bien mi procrastinación puede con cualquier compromiso. Vayamos con una imagen inspiradora antes de encender la motosierra.

A ver, sí, ya estoy provocando. Cuando hablas con gente empapada en pedagogía como @nolo14 o mi hermana, siempre te hacen preguntas difíciles que son una verdadera explosión de luz y color en cuanto a partículas interrogativas o como se llamen las de aquí abajo:

  • ¿Qué evalúas?
  • ¿Cómo evalúas?
  • ¿Para qué evalúas?
  • ¿Con qué evalúas?

Y lo peor es que una vez que balbuceas alguna respuesta coherente agarrada con alfileres, te estampan en la cara alguna frase lapidaria tipo:

«Dime cómo evalúas y te diré cómo enseñas»

Que está dicha con ese retintín que duele en el alma (sí, es retintín, Rintintín era un perro). Ya expliqué en el post anterior los muchos sesgos que teníamos a la hora de calificar-evaluar-clasificar (elige el que menos daño te haga) a nuestro alumnado, de cómo influía la historia personal o las expectativas que tenemos sobre las personas que instruimos-educamos-adoctrinamos (elige como antes). Vamos con un poco de orden. Evaluar según la RAE es ‘Determinar el valor [de algo]’ y ‘examinar y calificar las aptitudes o conocimientos [de alguien]’, y aquí viene cuando la matan. Sin ningún rubor esos doctos académicos han usado «examinar» y «calificar» sin ningún rubor, y una vez que haces esas dos acciones vuelve a mirar ahí arriba, a la fotografía y entenderás para qué está puesta ahí.

Sí, me acuso, cuando evalúo, y no lo hago sólo con las notas del examen, del ejercicio, o de sus intervenciones en clase (suelo decirles que cuenta hasta cómo vienen peinados), pues eso, que cuando pongo una nota soy muy consciente de que va a ir a un boletín, ahora digital, a un expediente y luego les va a otorgar una cartulina firmada por el rey que esté (sin acritud) en forma de título, vamos, que los voy a clasificar, yo también sin rubor. Ahora respirad de nuevo que me ha quedado largo lo anterior. Voy a dar un golpe de timón para llevar el texto al siguiente párrafo.

Cuando alguien quiere ser albañil ha de aprender a hacer paredes que no se caigan y en cualquier «escuela de artes y oficios» saben quién lo hace bien y quién es un chapuzas integral, hay otro alguien que evalúa, califica y te pone la etiqueta: o «manitas» o «Pepe Gotera». Cuando alguien tiene síntomas de una enfermedad y otro alguien ha de hacerle un diagnóstico efectivo, a esta segunda persona se le supone un bagaje intelectual estilo House, que acierte porque hay una vida en juego, y esa pericia se ha medido en muchos, muchos exámenes y en prácticas con más personal sanitario. Cuando alguien va a vendimiar ha de ser capaz de recoger un número de kilos adecuado, alguien ha visto cómo se desenvuelve entre las vides, cuánto se cansa, si es currante o un vago irredento, y de ello va a depender su sueldo y su permanencia en el campo. Cuando alguien no cumple en su puesto en la cancha a juicio del entrenador, sin dudarlo ponen a otro en su puesto porque no cumple los parámetros exigibles, no llega al aprobado. Y hasta aquí los ejemplos de evaluación en la vida fuera de las escuelas, institutos o universidades, la vida real es un continuo escrutinio, por no hablar de las «calificaciones» hasta a la hora de elegir pareja, pero claro, en nuestros centros educativos eso de la Evaluación es de lo más criticado. Tomen aire.

Al iniciar el curso repartimos los criterios de evaluación, algunos los tenemos en los Classroom del alumnado junto a toda la programación, pero luego hay quejas sobre si los exámenes valen tanto, que si no evaluamos los bonitos colores con los que adornan los ejercicios, que dónde quedan todas esas horas que su vástago mete en su habitación. Los gemidos de los que hablaba al principio se dan en tono bajo antes y durante la evaluación, cuando llegan las notas suben de tono y se alega desconocimiento de cómo y cuándo se evalúa, de que no se puede concentrar en un numerito todo el esfuerzo del trimestre, y podemos estar muy de acuerdo. Nuestros boletines de las tres evaluaciones tienen algo más además de numeritos y estadísticas, hay comentarios sobre el comportamiento, sobre el rendimiento e incluso se apela a lo personal. El contacto con el profesorado está asegurado, con el tutor o tutora es continuo, pero aún así se pelea hasta el último guarismo. La situación se agrava y mucho en cuanto se acerca junio y está en juego una repetición o una asignatura pendiente y siempre, siempre hay dramas.

Nadie pone en duda los fallos en un examen de conducir, ya sea el teórico o el práctico, no te dan el carnet porque te han evaluado y no has llegado a los mínimos requeridos para ponerte a un volante. Poca gente se queja de los exigentes exámenes de competencia lingüística, los cacareados B1, B2, C1, C2 y siguientes, te preparas a conciencia, consultas modelos de años pasados, memorizas lo que hace falta, coleccionas trucos para un buen rendimiento y vas a la prueba con varios bolígrafos por si acaso.

Somos escrutados a diario, evaluados en cada mirada, calificados en cada palabra y en cada silencio, clasificados por la ropa que llevamos, por el idioma que hablamos o por dónde vivimos, y en todas esas actividades desconocemos los «criterios de evaluación», o al menos muy claros no son, así que menos lobos con la cacareada Evaluación. Eso sí, con mayúsculas.

Mikel

Mikel

Antimilitarista, bilbaino, irakaslea, geek, microbiólogo, euskaldun y procrastinador. Bastante ácrata e idealista. Naturazalea eta mendizalea.

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