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El síndrome de la imitación

Mikel 2 años ago 2 111

Cada vez que me paro a analizar nuestra labor docente me hundo en un mar de dudas. En la escuela pública donde estudié la EGB, en el instituto público donde hice el bachillerato, en la universidad pública donde acabé la carrera, en todos esos sitios hubo profesorado bueno y malo, independientemente de la dificultad de la asignatura. Tuve un maestro apegado a sus fichas que había que hacer día sí y día también, otro que sudaba, literalmente, cada una de sus explicaciones, otro que decía que él no ponía dieces, que estaban reservados a dios, que él mismo era un nueve (saqué varios dieces con él, por cierto), otro que dibujaba mil y un conceptos y lo hacía de lujo, otro que no explicaba nada y nos ponía un examen diario, luego ni siquiera los corregía, lo hacíamos entre nosotros, fila a fila.

Tuve profesoras que vivían en el laboratorio y nos enseñaba química desde allí, algunas otras nos machacaron en el insti con conceptos, ejercicios y exámenes, luego su asignatura en la universidad fue un paseo y la aprobamos muy fácil. Tuve profesores que nos contaban sus problemas personales, amorosos incluidos, sin rubor, y hubo otras de las que desconocíamos toda su vida, ni un solo detalle nos fue revelado.

En la universidad tuve verdaderos huesos y también profesionales como la copa de un pino, gente con una empatía infinita y otra con esa cualidad tendiendo a menos infinito. Algunos docentes se creían dioses en su asignatura y otros leían apuntes, el famoso manual mágico del que hablaba El libro rojo del cole.

He tenido muchos docentes delante de mí transmitiendo conocimientos, vivencias, dudas y certezas, luego he sido y sigo siendo profesor, y no, no quiero parecerme al 100% a ninguno, a ninguna. De todas esas personas he aprendido lo que funciona y lo que no a la hora de enseñar y de aprender, aún así y todo lo que está claro es que lo que funcionaba o no funcionaba lo hacía CONMIGO, esto es, igual a mi compañera de pupitre no le comunicaba nada la profesora que a mí me encandilaba o la viceversa. ¿Qué quiero decir todo esto? Veamos.

 

Que no hay fórmulas mágicas para enseñar o aprender (mi amigo @nolo14 suele hablar de ese proceso como «muy complejo»), que es muy difícil establecer lo que funciona siempre y con todo el mundo. Tengo claro que hay detalles universales imprescindibles en el desempeño docente como la empatía, el respeto y la capacidad de comunicar, así como que otros elementos deberían ser erradicados como la crueldad o el desprecio. He dicho.

Cada vez que entramos en un aula (o asistimos a una sesión de evaluación), llevamos con nosotros un bagaje de lo que somos mezclado con lo que nos han aportado otros docentes y la educación familiar, y ese pandemonium puede ayudar a que nuestro alumnado aprenda o puede no hacerlo, pero si no sabemos cómo llegar a sus cabecitas es mejor que lo dejemos. O tal vez lo que nos falte es una formación adecuada, «nadie nace enseñado», y a menudo se desprecia a los que sí saben cómo enseñar o como «hacer aprender». No basta con copiar lo que a ti te funcionó, las generaciones cambian, los intereses también, el entorno familiar ya no es el mismo que el tuyo que eres un carroza, y por fin, la guinda de plomo, la tecnología ha transformado la sociedad y ya no hay vuelta atrás.

O «aprendemos a llegar a sus cabezas» o cerramos el chiringuito, esto es así de real. Y de cruel.

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Antimilitarista, bilbaino, irakaslea, geek, microbiólogo, euskaldun y procrastinador. Bastante ácrata e idealista. Naturazalea eta mendizalea.

2 Comments

2 Comments

  1. Iñaki Murua dice:

    El bagaje de lo que somos, lo que pensamos y lo que creemos (que suele reflejarse, de algún modo, en lo que decimos y hacemos).

  2. Inés dice:

    Por eso es tan importante la autoevaluación real del docente y una mejora es la codocencia, que permite un feedback de equipo.
    Gracias por el artículo.

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