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La ley de la inercia

Mikel 2 años ago 0 178

En muchos de mis escritos sale esto, la Primera Ley de Newton, de hecho, en mi primer manuscrito, que se titulaba ostentosamente Mente, Espíritu y Cosmos, le dedicaba todo un capítulo. Escribí aquel cuaderno con unos 25 años y a pluma, yo, que era capaz de perforar los folios en los que tomaba apuntes en la Universidad con mis afilados Inoxcrom, apretaba como un salvaje. Aquello fue una terapia, un intento de escribir suavemente para comunicar dulcemente, algo que no era precisamente mi especialidad porque era un animal dialéctico. No funcionó. Me puse a escribir y fui tan salvaje como con los bolígrafos y la palabra, un bicho que arrollaba los terrenos por donde pasaba. Con los años me reforme, sólo un poco.

Perdí ese manuscrito en una ruptura con una exnovia, se quedó en su casa y no hice nada por recuperarlo, pero me acuerdo de aquel capítulo dedicado a la inercia, esas poderosas fuerzas que son ficticias para la Física, luego explicaré esto. El asunto es que en la vida, la inercia hace honor a su definición. Vamos a la RAE.

inercia
Del lat. inertia ‘indolencia’, ‘inacción’.

1. f. Fís. Propiedad de los cuerpos de mantener su estado de reposo o movimiento si no es por la acción de una fuerza.

2. f. Rutina, desidia.

Me gusta la primera acepción por lo que tiene de científica y porque explica muy bien en qué consiste esa «propiedad», pero la segunda acepción también aporta mucho al asunto del que quiero hablar. Bueno, más que asunto son asuntos, en plural, porque esto de la inercia hace que funcionen muchos condicionantes sociales y de clase a la vez que mantiene en pie muchas relaciones de pareja. No nos engañemos, cambiaríamos más lo que no nos gusta, le aplicaríamos algún tipo de fuerza para variar su trayectoria, pero no lo hacemos. Apelamos a lo de «qué bien estoy en mi zona de confort» o a lo más manido de «es que fuera de esta relación hace mucho frío». Vayamos por partes.

¿Cuántas veces hemos dilatado una historia de amor (?) por no saber cómo acabarla? ¿Cuántas veces hemos intentado resucitar algo que está muy muerto por no querer salir de la inercia del estar «agustín» pero sin disfrutar al 100%? Que alguien tire la primera piedra.

En los entornos de trabajo, cuando las relaciones humanas forman «grupos de interés», ¿no nos dejamos llevar por la inercia a la hora de relacionarnos con gente a la que no soportamos? ¿No caemos en vicios de dudosa rentabilidad por mor del «siempre se ha hecho así»? ¿Cuántas veces decimos amén-amén al grupo cuando no estamos en absoluto de acuerdo ya que una oposición supondría un cambio de rumbo en las relaciones personales? Uy, cambio-de-rumbo, yuyu.

Pero el ocio no se escapa de la poderosa primera ley de Newton, porque habitualmente «jugamos siempre a lo mismo», caemos en una rutina que en un primer momento nos aporto algo y ahora nos aporta… nada. Así, repetimos sitios aunque ya no tengan la magia del principio, vamos a los mismos restaurantes aunque notemos que su calidad ha mermado o sus precios han crecido, nos dedicamos a ese pasatiempo que tenía horas fijas y que por no salir de esa cómoda rutina sigue ahí ocupando nuestro tiempo. Dicen que somos animales de costumbres, cierto, pero también éramos exploradores y se nos está olvidando esa función que nos ha hecho evolucionar.

En el entorno educativo aplicamos de maravilla la inercia, hacemos lo que se ha hecho siempre, sin más, como diría nuestro alumnado, y encima hay gente que te lo argumenta: «Si ha funcionado conmigo, con el resto de la gente debe hacerlo sí o sí». De esto ya hablé en otra entrada, aquella que tocaba el sesgo del superviviente, así que no abundo en la cuestión, sólo recordar que según la definición, inercia es sinónimo de indolencia, inacción, rutina o desidia.

Hay varias formas de cambiar lo establecido como son la reforma, la alternativa o la revolución, y todas suponen en mayor o menor medida un «salir de la inercia«, un «explorar nuevas vías«, un «no conformarse con lo que teníamos hasta ahora«, eso sí, por caminos diferentes. La reforma pone parches y mantiene el rumbo, la alternativa muestra una nueva forma de hacer y andar más atractiva y la revolución supone reventar todo y partir de cero. Todas generan una fuerza que nos saca del carril trillado, todas nos pueden hacer entender la segunda y sobre todo la tercera ley de Newton, la de la acción y reacción, pero eso merece otra entrada porque si algo ha quedado claro es que la sociedad de 2022 muy activa no es. Habrá que buscar soluciones a ese gusto desmedido por lo que da título a este escrito.

 

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Antimilitarista, bilbaino, irakaslea, geek, microbiólogo, euskaldun y procrastinador. Bastante ácrata e idealista. Naturazalea eta mendizalea.

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